Tres mitos que no van con el cáncer infantil

Que nadie sabe de lo que es capaz hasta que lo intenta era una frase del Publio Siro, escritor de la antigua Roma, que pasó de esclavo a hombre educado y libre.

El niño bogotano Juan Sebastián García, afrontaba la fase final del tratamiento de una leucemia linfoblástica aguda, cuando también lo sugirió en un poema que rescata el doctor Santiago Rojas en su libro Maestra enfermedad (Grijalbo, 2017): “Siento que no es lo mismo / tal vez el mundo cambió para mí / pero lo que creo es que yo cambié / pues ya no veo mi vida como antes… Sinceramente no sé cómo he soportado / pues recuerdo todo lo que he pasado / y me preguntó, ¿de dónde saqué tantas fuerzas? / Otro ya hubiera abandonado”.

Los niños son fuertes pero un error es pensar que su enfermedad solo es física, por ejemplo. Esto argumenta Hilary Marusak, neurocientífica en la Universidad Estatal de Wayne, en la revista Scientific American de diciembre de 2018.

Por esto, con la ayuda de expertos, en esta fecha que conmemora la lucha contra el cáncer infantil desde 2001, desmitifique algunas ideas que rodean la enfermedad.

El cáncer solo afecta al cuerpo

Los efectos psicológicos a largo plazo de los tratamientos intensivos contra el cáncer en niños han sido un tema de estudio desde la década de 1980. Lo registra The American Journal of Psychiatry de enero de ese año.

Como grupo, los pacientes afrontan bien la experiencia psicológicamente; pero aún así, muchos reportan ansiedad, depresión e incluso estrés postraumático. Entre los niños con cáncer, la investigación sugiere (Journal Pediatric Psychology de abril de 2014) que los síntomas específicos de estrés postraumático pueden afectar a casi el 75 por ciento de jóvenes durante o después del tratamiento.

Los síntomas de estrés postraumático pueden incluir pesadillas o recuerdos retrospectivos, el deseo de evitar personas, lugares o cosas asociadas con la experiencia, una dificultad para sentir emociones, sentirse indefenso, distante o aislado de los demás, y sentirse ansioso o fácilmente asustado. Estos síntomas pueden ser experimentados por los niños y sus padres, así como los hermanos.

Cualquier familiar puede ayudar. Solo advertir estos cambios e incitar a buscar ayuda profesional es un gran paso.

Culpa de las ondas electromagnéticas

¿Tienen que ver los celulares con el cáncer en los menores?

El supuesto riesgo para la salud de los teléfonos móviles es una historia de nunca acabar. Los celulares han sido acusados de todo, desde causar cáncer cerebral hasta dañar los testículos masculinos. Los teléfonos sí emiten radiación para comunicarse con los mástiles de teléfonos móviles, y la radiación siempre ha tenido una mala reputación, gracias a los efectos conocidos de los rayos X y la caída nuclear. Sin embargo estos usan una forma conocida como radiación no ionizante, lo que significa que no transporta suficiente energía para separar los electrones de sus átomos y convertirlos en iones.

Según Europapress, la última revisión de estudios del Comité Científico Asesor en Radiofrecuencias y Salud (CCARS), órgano independiente formado por expertos de diferentes ámbitos, asegura que “el uso de teléfonos móviles no es perjudicial para la salud por la baja radiación electromagnética que emite y, en concreto, no aumenta el riesgo de cáncer cerebral”.

Hasta el momento, en el mundo no hay un estudio concluyente que vincule el uso de teléfonos celulares con el desarrollo de tumores cerebrales en los niños.

Se previene como el de los adultos

“El cáncer en niños se considera una urgencia”, dijo Óscar Javier Muñoz, oncólogo infantil de la Clínica Country en Bogotá. Ante la sospecha debe iniciarse con una activación en el sistema de salud a nivel administrativo y médico para que sea atendido de una forma adecuada y oportuna en una institución que cuente con todos los recursos para esa atención integral. “No hay otra forma de mejorar los malos resultados que tenemos en el tratamiento del cáncer en nuestro país”, agrega Muñoz. Y desde la Liga Colombiana contra el cáncer advierten que un niño que tiene más del 80 por ciento de probabilidades de sobrevivir reduce sus opciones en un 50 por ciento si no es tratado a tiempo .

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